viernes, 16 de julio de 2010

MIS MUSLOS NO TIENEN NADA QUE ENVIDIARLE A LOS DE ROSITA FORNES.

Por: Lázaro Sarmiento

Los muslos de Rosita Fornés eran tema frecuente de conversación en mi familia. Igual sucedía con el pelo de María Félix. Delante de las visitas, mi abuela decía siempre que el pelo de mi madre era tan hermoso como el de la actriz mexicana. En verdad, mi madre poseía una abundante y atractiva cabellera que debió empezar a teñírsela desde niña porque las canas aparecen en esta familia a edades muy tempranas.


El pelo era una de las obsesiones de mi abuela. Una vez, durante una crisis económica muy fuerte que hubo en el país , me hizo jurarle por San Lázaro y toda la Corte Celestial que si , por desgracia del destino, llegaba a perder la cabeza antes de morirse, no dejara que la enterraran con las canas al aire, que se las cubriera aunque fuera con betún o papel carbón.

En los años sesenta, debido a la escasez de productos, era muy difícil para la peluquería Hollywood complacer a sus clientas, entre las que se contaba mi abuela desde sus días de empleada doméstica. Hacerse un peinado y teñirse en Hollywood fueron dos cosas que se le pegaron de la Polaca porque, para bien o mal, los empleados adoptan muchos de los hábitos de las personas para las que trabajan. A la peluquería la acompañaba en ocasiones su hermana Marina. Las dos, en mi presencia, acostumbraban a protagonizar la siguiente escena:

Marina se subía gozosa la saya plisada y con pose de bailarina de can can me preguntaba:
-Dime Lazarito si mis muslos tienen que envidiarle algo a los de Rosita Fornés!
A lo que mi abuela añadía:
-Y eso que tú nunca te has hecho una cirugía plástica.

Marina creía que sus muslos eran superiores a los de vedette nacional. Yo, por unos segundos, fingía que dudaba. Luego le decía que los suyos eran más hermosos que los de Rosita, pues la conveniencia de mentir para darle alegría y tranquilidad a los demás figura entre las acciones que aprendemos de niños. Por eso, para impresionar a mis compañeros de la escuela, trasmutaba a mi abuela en primera dama de un drama, o reina de una fabulosa aventura. Y ella me seguía divertida.

Cuando los polacos se fueron de Cuba y nos quedamos de dueños de la casa, yo traía a mis amigos y los conducía en una visita dirigida por la terraza del frente, la sala, el comedor y la terraza lateral. Estos son ceniceros de murano…aquí el tocadiscos de alta fidelidad y la voz de Nat King Cole en Aquellos ojos verdes, voy a encender la luces indirectas, miren estas reproducciones en miniatura del Empire State y la Torre Eiffel, no toquen por favor las copas de bacará. ..Les mostraba los jarrones de inspiración cubista y todos los objetos posibles acumulados en un inmueble de la pequeña burguesía en el barrio de Santos Suárez.

La pieza favorita, la que superaba a todas las demás en los performance sobre mi abuela por el mundo, era el abrigo de visón que ella había comprado en una de sus visitas a Nueva York. Mi abuela no desmentía una sola palabra. Se iba a la cocina a preparar una limonada mientras el mayor de sus nietos, muy ceremonioso, salía del dormitorio principal mostrando el magnífico abrigo que por puro milagro los polacos no vendieron antes de marcharse a los Estados Unidos. Ignoraba que para su confección habían sido sacrificados unos 60 ejemplares del pequeño mamífero llamado visón. Yo le anunciaba a los imberbes espectadores que esta era una prenda carísima salida de una tienda en la Quinta Avenida de Nueva York. Hasta entonces, esa ciudad había sido principalmente el escenario mágico de muchas películas que transmitía la televisión en Cine del Hogar. Pero en pocas semanas se convirtió en los periódicos en un lugar muy vinculado a Cuba. Fidel Castro ya había estado dos veces en Nueva York y desde allá viajó a La Habana el birmano Utah, jefe de las Naciones Unidas, cuando el planeta estuvo al borde de una hecatombe atómica durante la crisis de los cohetes.

Hubo gente que no tenía miedo de la guerra, pero mi abuela permaneció muy preocupada por esos meses porque mis tíos y los maridos de mis tías fueron movilizados en unidades militares secretas. Yo no tenía edad entonces para entender el peligro global. Y mientras los milicianos marchaban hacia lugares que no aparecían en los mapas, y desde lo alto de los rascacielos enanos de La Habana podían verse con prismáticos los barcos de guerra norteamericanos en el horizonte, yo me entretenía inventando historias para mis compañeros de aula, como la del amante que mi abuela tenía en Panamá, donde amasaba una fortuna incalculable que algún día nosotros heredaríamos. Mi abuela nos invitaba a pasar a la terraza cercana a los flamboyanes. Allí nos servía la limonada con hielo frapeé en bandeja de plata.

Poco importaban los acorazados yanquis a unas pocas millas del malecón habanero. Yo me sentía a salvo buscando en los armarios de los polacos nuevos tesoros con los que deslumbraría a mis amigos, y mi tía Marina estaba feliz porque creía que sus muslos eran más hermosos que los de Rosita Fornés.

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Yo les mostraba el Empire State en miniatura...

Mi abuela Margot (izquierda) y Marina a principios de los sesenta. Mi tía-abuela (90 años) aún vive pero ya no puede recordar la época en que estaba orgullosa de sus muslos.



… una de las obsesiones de mi abuela.

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