jueves, 19 de julio de 2012

UN PALACIO EN EL PLATANAL.

Por: Lázaro Sarmiento

Desde la ventanilla del ómnibus observaba un mundo idílico. Varias veces al mes mí mamá y yo hacíamos el viaje La Habana-Madruga. A ambos lados de la Carretera Central el mismo paisaje: los árboles verdes, las cruces de los accidentes, las curvas, los pueblos con sus gasolineras y cafeterías y la foto de la cascada del Hanabanilla… Pero también estaban los ojos de pozo profundo de las reses hacia el matadero. Iban en camiones que pasaban a unos centímetros de nuestras miradas, dejando una burbuja de mal olor que rápidamente se disipaba. Y cuando el ómnibus se acercaba a Catalina de Güines mi mamá siempre me decía en voz baja, para que los demás pasajeros no la escucharan: Ahí había un bayú.

Y con bayú, en voz de mi madre, aprendí el poder de las palabras escondidas dentro del lenguaje, mal vistas, discriminadas como las mujeres que poco antes de aquellos viajes habían abandonado su palacio de madera, rodeado de platanales a orillas de la carretera, porque ya no podían seguir siendo putas.


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